Tuesday, July 05, 2011

El ruido de las cosas al caer





El 21 de marzo de 2011, en la ciudad de Madrid, España, se otorgó el XIV Premio Alfaguara de Novela a El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez.


Hace años que no compraba un libro de Alfaguara, su colección dejó de interesarme; quizá fueron los temas, los autores, la disminución de riesgos, su modus operandi mercadológico, lo aburrido de sus premiados o sus portadas o lo costoso de sus libros vs la calidad de sus materiales. Tal vez fui yo la que cambié y me volví más exigente o menos sorprendible, pero un día de hace cuatro años, los dejé y Alfaguara se convirtió en un sinónimo de chaféz lectiva. En su lugar, busqué editoriales más under, universitarias, mexicanas (quise corroborar el indie nacional), gringas, europeas, locales, experimentales, de artista, de autor y dejé los paseos en librerías por la compulsiva búsqueda en la web y la participación en subastas cibernéticas de libros usados, antiguos, de corto tiraje, ediciones especiales, etc. En igual medida, los libros dejaron de ser solamente de ficción y, así, teología, criptozoología, astrología, hechicería, biología, patología, filosofía, estudios sociolingüísiticos, teoría del cuento y novela y catálogos de arte, se visibilizaron en mis libreros y en el recuadro de las tiendas o librerías online que recomienda, aleatoriamente, ciertos títulos “según” las búsquedas de tu ip. Dejé de comprar libros en Alfaguara y, por ende, en Planeta, Taurus, Santillana y afines; probablemente soy una lectora esnob que se da el lujo de no comprar libros en cierta editorial por comercial y tradicional y en cambio corro imantada y deslumbrada hacia las editoriales que aún imprimen en letter press y mimeógrafo y/o cuyos autores se autodenominan interdisciplinarios o conceptuales o visuales o todas las anteriores. Pero caí en la trampa, cruz neón de mi parroquia. Y decidí comprar, más por el relato de los hipopótamos que por curiosidad estética de dictamen, El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez.

La novela llamó mi atención porque supe, tras la noticia del premio, que la historia comenzaba con el escape de los hipopótamos de la Hacienda Nápoles, propiedad que alguna vez perteneciera a Pablo Escobar. Del mafioso sabía algunas cosas, las que todo mundo sabe. Pero aunada al conocimiento del premio y los hipopótamos, vino la noticia de la detención de Hank Rhon, personalidad central de estos lares y personaje de las noticias nacionales en las últimas semanas. Desde que llegué aquí y visité el Hipódromo Aguacaliente (propiedad de Hank), no pude sino hacer una analogía mental entre Escobar y Hank. Ambos con ostentosos zoológicos particulares, millonarios, excéntricos, provocadores, políticos, demagogos y amantes del futbol soccer pero también del control y el poder a toda costa. La detención de Hank me hizo pensar en los hipopótamos de Escobar, en la novela de Vásquez y si esto sucediese en Tijuana, a la manada de flamingos rosados que traspasarían la frontera. La idea de los flamingos de Hank me pareció romántica e ingenua, pues no sólo son flamingos los habitantes de su zoológico; también hay llamas, caballos, ponys, avestruces, cabras, tortugas, osos y otros animales que no están a la vista de los visitantes. ¿Qué pasaría con todos ellos al momento de una verdadera detención del político priísta?

Compré El ruido de las cosas al caer para saber el destino de los hipopótamos; me parecía en extremo interesante leer cómo esta historia real se compaginaba con una narrativa de ficción, cómo se resolvía. A la par había leído la columna de Heriberto Yépez titulada, ¿Cómo actúa una post-narco-cultura?, en Laberinto Milenio, su argumento hacia el arte fronterizo y la postura de proponer a Tijuana como una ciudad (¿región?) de posnarcocultura. No me satisfizo la columna de Yépez, es decir, sí su defensa de que lo narco no hizo la cultura de Tijuana, de que muchas más cosas intervienen en el quehacer de sus artistas (por ejemplo la frontera y lo que deviene de ella, son conceptos inagotables), pero llamar a Tijuana una ciudad posnarco, es exagerado. Su cártel es otro, ahora el menos pior en cuestiones de violencia (ojos que no ven), pero no es un monopolio para asegurar que Tijuana está beyond Juárez o Monterrey o Reynosa o Culiacán. Tijuana es pionera, sí, pero no posnarco. Para eso se necesitaría que hubiese sólo dos cárteles y que el de Tijuana fuera el más chingón para que la ciudad, llamada posnarco, se durmiera en sus laureles. Y si acaso alguien vive esta utopía posnarco, son las ciudades de Colombia (si acaso). Pensar en esto, en lo posnarco y su generación, la gestación del arte y la percepción de sus artistas, estimularon mi compra.

La novela de Juan Gabriel Vásquez, efectivamente no es un ápice, ni siquiera una cresta de experimentación narrativa. No es una novela de riesgos prosísticos ni de atentados o enfrentamientos con el lenguaje. Y quizá el riesgo más notorio es el salto narrativo entre una primera persona homo y autodiegética hacia una primera persona omnisciente; y este riesgo es ambiguo y en ocasiones inverosímil, pues el trazo inicial de la novela no lo domestica, no lo normaliza y, por ende, esa textura se siente más como una ligera impertinencia que como una intención polifónica. Lejos de todos mis prejuicios, es una buena novela, limpia dentro de la tradición novelística, con una historia de inicio lenta pero que, poco antes de la mitad, fluye más rápido o, al menos, con mejor ritmo y que cumple con las expectativas iniciales. Su valor perceptual es de generación, con esa mirada de los escapados colombianos, los exiliados física y psíquicamente. Su apego histórico se da de forma natural, se compagina perfectamente con la historia de los personajes. Tiene rasgos de la tradición cuentística latinoamericana: trenza y se esconde varios ases bajo la manga para abrochar bien el chongo que ha ido formando.

La condición de una sociedad posnarco no es la normalización sino el hastío, y en ese hastío radica un cambio de pensamiento, otra moral social. Los damnificados que reedifican de los escombros algo distinto de su estructura anterior, de esa antigua forma que no previó la caída, que no fue lo suficientemente fuerte para soportar el percance (sorpresivo o premeditado). Lo posnarco no es aprender a convivir con la violencia o darle el eufemismo de rutina. Porque ese prefijo es imposible en medio de la indigestión, donde no hay oportunidad de análisis, donde todo es instintivo e inmediato. Y aquí creo que cabe bien la novela de Vásquez, que no es posnarco, pues aún queda el resentimiento, el recuento. El ruido de las cosas al caer está en ese análisis, en el inventario. A diferencia de lo que las ensalzadoras novelas del narco (no posnarco) siguen alimentando (una curiosidad sobre la vida del otro, el malo, el socialmente corrompido por el desempleo y el poder y la falta de educación), esta es una novela de digestión y decisión: tomar los escombros y comenzar a darle forma a lo que será la cultura después del narco. Pero en México, Tijuana incluida, estamos todavía muy lejos de identificar cadáveres para inventariar lo que nos queda y con ello decidir lo que vendrá.

5 comments:

lamaga said...

Justo ayer me preguntaba si valdría la pena comprarla o no, estoy en período no-compro-más-libros-porque-es-un-lío-llevármelos.
Todavía no decido.
Ahí mandé mensajín al fcb, supongo habrás recibido.
Beso.

gaby rotten said...

no me llegó el mensaje, Pao.

lamaga said...

ohhh, hace como 2 semanas. Ufa, a reescribir pues. Beso.

Miss Violence said...

Totalmente acertada tu reflexión sobre la falacia (¿falocracia?) de pensar que Tijuana es postnarco.

besos

gaby rotten said...

bueno, este fin de semana estuve con algunos amigos y platicamos sobre unas cosas de fut (soy una neófita en ámbitos deportivos) y me dijeron unas historias sobre la selección nacional de Futbol de Colombia y los patrocinios de EScobar. Prácticamente, las decisiones deportivas tienen que ver con el narco. Narcofutbol. Ya veremos luego qué pasa en nuestra ciudad 'posTnarco', ahora con su equipo de fut en ¡primera división!