1. Come' CaCa (00:00)
2. Chanklas y chades (01:27)
3. Where you from eh? (02:07)
4. Dirty Choneez (02:41)
5. Brujeria goes to hell (04:07)
6. Pethos (05:31)
7. Jesus was a vato (06:23)
8. Chit! (07:51)
9. Fajitas (08:47)
10. I hate menudo (10:29)
11. Vetranos (10:37)
12. Outro (11:46)
nos programan para comer mangos. Da igual si los comemos bien o mal, poco o mucho, con gusto o a disgusto: la cuestión es comerlos. Mangos o nada. Nos programan para no admitir ninguna otra posibilidad.
Este anatémicamente hermoso martes 13, a partir de las 18:30 en LAXART estaremos leyendo y conversando sobre la traducción y publicación de Enfermario en la editorial Les Figues Press. Estaremos ahí YoLandi, la furiosa-fabulosa ventrílocua Jennifer Donovan y la autora Janet Sarbanes.
LAXART | Tuesday June 13
7000 Santa Monica Blvd.
Los Angeles, CA.
Doors open: 6.30PM
Reading & Conversation: 7.00 – 8.00 pm
LAXART is proud to host Les Figues Press for the launch of Enfermario by Gabriela Torres Olivares, translated by Jennifer Donovan. Olivares was born in Monterrey, México. She is the author of three collections of short stories: Enfermario (2010), which Reforma named as one of the Best Books of 2010; Incompletario (2007); and Están Muertos (2004). Her work has appeared in numerous anthologies and periodicals, including Vice, Pic-Nic, Playboy, and Luvina. She received a 2015-16 grant from the National Fund for Culture and Arts to complete a novel.
Jennifer
Donovan is an interdisciplinary artist based in the Tijuana-San Diego
border. Her work addresses the ontology of boundaries and liminal spaces
through presence/absence phenomena. She works between literary (writing
and translation) and visual practices to grapple with power
relationships embedded in bodies, language, and geography: borders that
each of us constantly negotiates.
Janet Sarbanes is the author of the recently released and highly acclaimed short story collection The Protester Has Been Released (C & R Press, 2017). Her previous collection, Army of One (Otis
Books | Seismicity Editions, 2008) was hailed by BOMB as a "stingingly
funny fiction debut." Recent short fiction appears in Black Clock, P- Queue, Entropy and North Dakota Quarterly. She lives in Los Angeles and teaches in the MFA Creative Writing Program at CalArts.
Onde quer que você esteja
Em Marte ou Eldorado
Abra a janela e veja
O pulsar quase mudo
Abraço de anos-luz
Que nenhum sol aquece
E o oco escuro esquece.
[En su versión sonora, dinamizada por Caetano Veloso:]
La exhibición Concrete Poetry estará en el Getty hasta el 30 de julio.
Wargasm, wargasm one, two, three
Tie a yellow ribbon around the amputee
Masturbate watch it on TV Crocodile tears for the refugee
Wargasm, wargasm one, two, three Smutty, bloody pictures, ecstasy
Blue balls waiting impatiently
From Alcatraz to Lady Liberty Body bags and dropping bombs The pentagon knows how to turn us on
Wargasm, wargasm one, two, three
People, people, ecstasy Wave those flags high in the air As long as it takes place over there Wargasm
Wargasm
Wargasm
Wargasm Body bags and dropping bombs The pentagon knows how to turn us on
Turn us on
Wargasm Turn us on Wargasm
Una vez desarticulada la historia y rota la organicidad social de su sujeto, todo deberá ser reinventado, comenzando por la textura intercomunicativa del lenguaje que, habiendo sobrevivido a la catástrofe, ya no sabe cómo nombrar los restos.
[...] en su desmontaje retórico-discursivo de las ideologías culturales del poder usó procedimientos que parecían sacados del elenco de técnicas postmodernistas que trabajan con el recorte y el montaje, con el collage. Estas técnicas del fragmento y del ensamblaje comunes a los procesos de transferencia cultural y de las cadenas de traducción que caracterizan a la experiencia latinoamericana de una cultura periférica nos hablan de las discontinuidades de contexto entre el original metropolitano y sus reciclajes locales.
Fracturas de la memoria: Márgenes e Instituciones (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2007).
de nuestro primer registro visual del mundo. Juan Ignacio Ramón, entre Zaragoza y Escobedo. Monterrey, Nuevo León, México. Miércoles 14 de marzo de 2007. Éramos entonces a 25°40′N100°18′W.
—I like to remember things my own way
[...] Not necessarily the way they
happened.
Fred
Madison en “Lost Highway”
(David Lynch, 1997).
Este recuerdo no es la
reinterpretación de un suceso concreto, sino la memoria de imágenes dadas por
una película casera: horizontales líneas de ruido blanco superpuestas en el
origen. Pese al deterioro de la cinta, en la pantalla se percibe un día
soleado. No, no son brillantes colores los que delatan el estado climatológico,
son los gestos de una muchedumbre exhausta que improvisa sombrillas con lo que
tiene a la mano. Y algunos en la mano tienen vasos de coca con hielos, bolsas
de papas fritas curtidas de limón y salsa, rebanadas de frutas con chile en
polvo; y es probable que entre estas manos haya alguna que sostenga una furtiva
cerveza envuelta en papel periódico. Es probable, pero esto no podría
constatarse en el video, sólo en la conjetura que de él hace la memoria.
Incluso, si el recuerdo tuviera mejor definición, podríamos especular
pretensiones de huída ante el retraso del evento. La espera ha sido sólo unos
minutos pero el sol sobre la piel traduce horas. La multitud está ansiosa y
expectante, lentamente cocinándose en sus jugos para ver el espectáculo. Aunque
ya sepan de qué va, aunque se haya repetido cada año. Cada año la rutina de
aguardar pacientemente, sentados en las hieleras, en los cofres de sus carros,
mientras la lixiviación del chile en polvo al contacto con la humedad de las
frutas sucede... [continuar leyendo]
Dirección: Suzana Amaral.
Basada en la homónima novela (1977) de Clarice Lispector.
Para festejar telepáticamente el intergaláctico fin de semana en honor a Clarice Lispector, a 96 años de seu nascimento y en su trigésimo noveno aniversario luctuoso.
Usó
precisamente “desbordar”. Fue en esa ocasión cuando recurrió por primera vez a
ese verbo, se afanó por explicitar su sentido, quería que entendiera bien qué
era el desbordamiento y cuánto la aterrorizaba. Me apretó la mano con más
fuerza aún, gesticulando. Dijo que el contorno de los objetos y las personas
eran delicados, que se rompían como el hilo del algodón. Murmuró que para ella
siempre había sido así, un objeto se desbordaba y llovía sobre otro, en un
disolverse de materias heterogéneas, un confundirse y mezclarse. Exclamó que
siempre había tenido que luchar para convencerse de que la vida tenía bordes sólidos,
porque desde niña sabía que no era así —de ninguna manera era así—, y por ello
no conseguía fiarse de su resistencia a golpes y empujones. Al contrario de lo
que había hecho hasta un momento antes, le dio por pronunciar frases excitadas
en abundancia, a veces amasándolas con un léxico dialectal, a veces tomándolas
de las mil lecturas hechas de jovencita. Murmuró que no debía distraerse nunca;
si se distraía, las cosas verdaderas que la aterrorizaban con sus contorsiones
violentas y dolorosas tomaban la delantera y se imponían a las falsas que, con
su decoro físico y moral la calmaban, y ella se hundía en una realidad
emborronada, gomosa, y ya no conseguía dotar a las sensaciones de contornos nítidos.
Una emoción táctil se disolvía en una visual, una visual se disolvía en una
olfativa, ah, qué es el mundo verdadero, Lenù, lo hemos visto ahora, nada nada
nada de lo que pueda decirse definitivamente: es así. Por eso, si ella no
estaba atenta, si no vigilaba los bordes, todo se escapaba en grumos
sanguinolentos de menstruación, en pólipos sarcomatosos, en fragmentos de fibra
amarillenta.
—El
derroche de inteligencia: una comunidad que encuentra “natural” sofocar la
energía intelectual de las mujeres con el cuidado de los hijos y de la casa es
enemiga de sí misma.
Mis padres,
mis hermanos estaban muy orgullosos de mí, aunque notaba que no sabían muy bien
por qué: ¿para qué servía yo, para qué había vuelto, cómo hacían para
demostrarle a los vecinos que yo era la gloria de la familia? Bien mirado no
hacía más que complicarles la vida llenando con mi presencia el pequeño
apartamento, haciendo más complicada la distribución de las camas por la noche,
estorbando en una rutina que ya no me tenía en cuenta. Para colmo me pasaba la
vida con la nariz hundida en un libro, de pie, sentada en un rincón o en otro,
monumento inútil al estudio, una persona soberbiamente pensativa a la que todos
se esforzaban por no molestar, pero que los impulsaba a preguntarse: ¿qué
intenciones tendrá? [...] Dentro de unos meses habría unos pliegos de papel
impreso, cosidos, pegados, llenos de palabras mías, y en la cubierta el nombre,
Elena Greco, yo, punto de ruptura en una larga cadena de analfabetos, de semianalfabetos,
oscuro apellido que ahora se cargaría de luz por toda la eternidad. Dentro de
unos años –tres, cinco, diez, veinte- el libro iría a parar a esos estantes de
la biblioteca del barrio donde yo había nacido, sería catalogado, la gente lo
pediría en préstamo para saber qué había escrito la hija del conserje [...]
Justamente ahora que estaba a punto de convertirme en escritora, en todo el
barrio no había nadie capaz de decir: Qué cosa tan extraordinaria has
conseguido [...] Por la calle, en las tiendas, en el rellano de casa, la gente
me trataba con una especie de respeto y burla.
Vivíamos en un mundo en el que, con frecuencia,
niños y adultos sufrían heridas que sangraban, luego venía la supuración y a
veces se morían. Una de las hijas de la señora Assunta, la verdulera, se hirió
con un clavo y murió de tétanos. El hijo menor de la señora Spagnuolo se murió
de crup. Un primo mío, que tenía veinte años, fue una mañana a palear escombros
y por la tarde murió aplastado, echando sangre por las orejas y la boca. El
padre de mi madre se mató al caer de un andamio de un edificio en construcción.
Al padre del señor Peluso, le faltaba un brazo, se lo había cortado el torno a
traición. La hermana de Giuseppina, la esposa del señor Peluso, murió de
tuberculosis con veintidós años. El hijo mayor de don Achille –no lo había
visto en mi vida y aun así me parecía recordarlo- había ido a la guerra y se
murió dos veces, primero ahogado en el océano Pacífico, después devorado por
los tiburones. La familia Melchiorre al completo había muerto abrazada,
gritando de miedo, en pleno bombardeo. La vieja señora Clorinda se había muerto
respirando gas en lugar de aire. Giannino, que iba a cuarto cuando nosotras
cursábamos primero, se murió un día porque al encontrar una bomba, la había
tocado. Luigina, con la que habíamos jugado en el patio o tal vez no, y era
solamente un nombre, se había muerto de tifus petequial. Así era nuestro mundo, estaba lleno de palabras que mataban: el
crup, el tétanos, el tifus petequial, el gas, la guerra, el torno, los
escombros, el trabajo, el bombardeo, la bomba, la tuberculosis, la supuración. El origen de los muchos miedos que me han
acompañado toda la vida se remontan a esos vocablos y a esos años. Podías
morirte incluso de cosas que parecían normales. Por ejemplo, podías morirte si
sudabas y después bebías agua fría del grifo sin antes haberte mojado las
muñecas, porque entonces te cubrías de puntitos rojos, te daba la tos y ya no
podías respirar. Podías morirte si comías cerezas negras sin escupir los
huesos. Podías morirte si mascabas chicle y sin querer te lo tragabas. Podías
morirte sobre todo si te dabas un golpe en la sien. La sien era un sitio
fragilísimo, todas teníamos mucho cuidado con eso. Bastaba con una pedrada, y
las pedradas eran la norma.